Gustavo Petro y Donald Trump: el Sur que desafía al Norte
El tema de la cocaína confronta a los Estados Unidos y Colombia por una solución definitiva.
Mardelis Jusino
· 4 min de lectura

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Por Ricardo Currás
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Estados Unidos – Las diferencias entre Donald Trump y Gustavo Petro vuelven a tener otro episodio de alteración.
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El presidente estadounidense ha hecho uso de su licencia imperial y, en comunicación virtual, ha escrito contra el ejecutivo colombiano que es un «líder de drogas ilegales y que no hace nada para detener la producción de cocaína». De inmediato, Petro replicó en redes y llamó a consultas al embajador colombiano en los Estados Unidos. Del corre y corre surgió un primer acercamiento con el encargado estadounidense de negocios para «subsanar el impasse».
Pero Trump remató para llamar «matón» a Petro y anunciar la cancelación de los pagos y subsidios a Colombia.
Tal ráfaga de reacciones subjetivas no se da en el vacío y las muestras de presión en política tienen su contexto.
Primero, las expresiones escritas de Trump se difundieron el día después de las protestas del “No Kings” en las principales ciudades estadounidenses. La serie de manifestaciones repudiaron la política pública de este segundo mandato y en rechazo a cualquier comportamiento dictatorial (“No Dictators”) y tiránico (“No Tyrants”). En Casa Blanca la respuesta fue de rechazo.
Segundo, el mismo día que Trump se expresa sobre Colombia, Israel respondió con ataque a la organización terrorista Hamás, por previa agresión, mutilando así, por ambas partes, la supuesta paz en Oriente Medio y que Trump celebró haber alcanzado el pasado 13 de octubre con un acuerdo.
Tercero, lo dicho por Trump se produjo a una semana de la consulta popular colombiana para elegir candidatos presidenciales y al congreso para las elecciones de 2026. La injerencia política, desde lejos, polariza los bandos y divide a las sociedades.
Cuarto, Trump vuelve a ponerle el dedo en la llaga a Petro y a Colombia, luego de que en septiembre se descertificara al país atribuyéndole «producir y transportar drogas ilícitas a los Estados Unidos», sumado a los señalamientos de vínculos con Nicolás Maduro en Venezuela.
Quinto, la «descertificación» tuvo dos consecuencias hechas públicas. Petro anunció la cancelación de toda compra armamentística a los Estados Unidos y fustigó, principalmente, con su discurso en la Asamblea General de la ONU a Trump. Igualmente, en plena semana de la alta diplomacia internacional, Petro agarró un megáfono y en una calle en la ciudad de Nueva York les dijo a los soldados estadounidenses «no apuntar sus fusiles contra la humanidad». Evidentemente esto irritó a Washington que le anunció la revocación de la visa. Por eso en el mensaje virtual del pasado 19 de octubre, Trump le llama a Petro un líder “with a fresh mouth toward America”. La connotación es una consideración de rechazo a la «insolencia y el irrespeto», a juicio de Estados Unidos.
Diferir, por no decir pelear, con el más fuerte e imperialmente más poderoso trae desafíos, pero un descrédito mediático. Pocos se atreven a contradecir al poder para no ser eventualmente humillados o aplastados.

En esta ocasión, los Estados Unidos y su presidente tienen a un país suramericano que no tiene miedo en señalar sus discrepancias. Gustavo Petro, a favor o en contra de su gestión y persona, se ha metido en el debate de figuras presidenciales para dejarle saber al poder estadounidense que, geopolíticamente, las cosas ya no son como antes. Trump mismo, a favor o en contra, lleva ejecutando acciones que minan la presunta capacidad «policial» y de liderazgo mundial estadounidense. «El tarifazo», por ejemplo, impulsa a las economías emergentes y nacientes hacia los brazos de China.
Por lo que en la historia contemporánea de la política estadounidense éste es el primer gobierno colombiano de izquierda del cual tienen que lidiar. Estados Unidos estuvo habitualmente acostumbrado a gobiernos y políticos colombianos de derecha, dóciles y permisivos con Casa Blanca.
A eso hay que añadirle que Colombia es una sociedad con altos grados de conservadurismo y comportamientos sociales oligárquicos. A las oligarquías nunca les ha gustado que les cuestionen sus privilegios y miran con recelo el desarrollo económico que rompa la desigualdad. En Colombia hay siete estratos sociales, siendo el 0 inferior y el 7 el de mayor poder adquisitivo.
Sobre ello, Petro, a favor o en contra reitero, manifiesta sus posturas políticas no afiliadas a las directrices estadounidenses. Tiene su proyecto agrupado en un pacto histórico por el cual fue elegido democráticamente y su combate a las drogas ilícitas ha optado el mecanismo de «erradicación voluntaria» de las hectáreas de cocaína.
En gobiernos pasados y obedientes a Estados Unidos, el enfoque era la «erradicación forzosa», entre otros. Es decir, arrojar glifosato sobre los cultivos, pero se estaba envenenando al campesinado pobre y contaminando ríos. Así como Donald Trump defiende la vida de los estadounidenses frente a las sustancias ilícitas, Petro asume la defensa de las suyas y legitima la soberanía colombiana.
Por lo tanto, la fricción ideológica y el desacuerdo en los procesos serán constantes para ambas administraciones. Pero ojo con lo siguiente: el que a un país no le guste un gobierno, porque no responde a su línea de ideas, no es razón para usurpar su libertad. Para las atenciones de denuncia existen los foros diplomáticos correspondientes y destinados a la conservación de la paz y la seguridad internacional.
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