Saltar al contenido
Lunes, 19 de octubre de 2026
Punto Digital
Punto Digital
Mundo

Once de septiembre: el día que todo cambió

Hoy se conmemoran 25 años de los ataques del 11 de septiembre. Mardelis Jusino relata cómo vivió aquel día.

Mardelis Jusino

· 4 min de lectura

Once de septiembre: el día que todo cambió
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Parecía un día normal.

Me levanté de madrugada, como cada mañana, para laborar en Noticentro al Amanecer, en WAPA Televisión. Recuerdo como comenzaba a “despertar” la redacción justo después de que terminara el aire del programa matutino. Recuerdo al fotoperiodista Humberto Mercado con la mirada fija en los monitores que formaban parte de la redacción, justo donde ubicaba la mesa de información.

La jefa de la mesa era Keyla Hernández (QEPD) —así le llamamos los periodistas a la función que consiste en filtrar las conferencias de prensa y eventos noticiosos, y asignar a los reporteros cubrirlas—. Cuando Humberto alertó de que algo inusual había ocurrido con un avión en Nueva York, Keyla se volteó hacia los televisores. Y en ese instante, algo en su rostro cambió. Se percató, de que algo terrible y de enorme magnitud estaba ocurriendo en la gran manzana.

Publicidad

Es ese sentido que todo periodista conoce: aunque no tengas el cuadro completo, sientes algo en el estómago que te indica que se trata de un evento de proporciones dantescas, de consecuencias internacionales inmediatas. Un presentimiento que llega antes que la totalidad de la información.

No creo que hayan pasado muchos minutos —¿segundos, quizás? — cuando Keyla me puso un micrófono inalámbrico en la solapa. Tenía de frente una cámara que permanecía fija en la redacción para dar las noticias de última hora. En pocos segundos estaba interrumpiendo la programación de Wapa Televisión. Había muy poca información, casi ninguna certeza. Usé el conocimiento previo que tenía como periodista sobre la importancia de las Torres Gemelas, la cantidad de personas que rápidamente asumí que laboraban ahí, y que, por lo que estaba surgiendo en las imágenes, había un número indeterminado de heridos. Potencialmente, muchos hispanos. Comencé a improvisar al aire con las imágenes que estaba transmitiendo la cadena CNN, tratando de sostener con palabras algo que no terminaba de tener forma.

Ese día todo cambió. Todo.

La redacción de aquel entonces entró en modo de emergencia. Mientras intentábamos procesar la información que llegaba, un segundo avión impactó la Torre Sur del World Trade Center. En ese instante se desvaneció cualquier posibilidad de que el primer choque hubiese sido un accidente.

La incertidumbre se convirtió rápidamente en alarma. Cuando comenzábamos a dimensionar la gravedad de lo que estaba ocurriendo y surgía el temor de estar ante un conflicto de proporciones inimaginables, un tercer avión se estrelló intencionalmente contra El Pentágono.

Gente, estamos hablando del Pentágono: el centro de mando de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Una de las instalaciones militares más importantes y, en teoría, más seguras del mundo. ¿Impenetrable? ¿Inexpugnable? ¿Segura? Aquel día, esas certezas también quedaron hechas pedazos.

Sentí miedo. ¿Quiénes serían los próximos? Llamé a mi familia.

Casi al mismo tiempo se supo de un cuarto avión —el último de esa mañana— que se había desplomado en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania, luego de que los pasajeros decidieran enfrentarse a los secuestradores. Ese dato, cuando llegó, se sintió distinto a los demás: en medio de tanto horror, hubo personas que decidieron actuar.

Cuando se supo de estos eventos, yo ya estaba en La Fortaleza, en espera de que la entonces gobernadora, Sila María Calderón, hiciera expresiones públicas. Su equipo económico —encabezado por el secretario de Hacienda, Juan Flores Galarza, y la entonces directora de la Oficina de Presupuesto, Melba Acosta— se encontraba en Nueva York en gestiones oficiales, y por un momento no se supo el paradero de esos funcionarios. Recuerdo esa incertidumbre pequeña dentro de la incertidumbre grande: la angustia de no saber si alguien conocido estaba, literalmente, en el lugar donde el mundo se estaba cayendo a pedazos.

El tráfico aéreo cerró. El aeropuerto dejó de funcionar. La isla entera quedó, por unas horas, suspendida en el tiempo. Nunca había vivido algo de esa magnitud, y sospecho que muy pocos periodistas de mi generación volverían a hacerlo.

Y aunque atestigüé y reporté la historia con la disciplina que exige el oficio, por dentro sabía que el mundo jamás volvería a ser el mismo. Casi 3 mil personas murieron ese día. Estábamos, todos y todas, a las puertas de un nuevo orden mundial. Y yo, con un micrófono en la solapa y una cámara fija sobre mí, tuve que aprender a contarlo mientras apenas empezaba a entenderlo.

– comentarios

¿Qué te pareció?

– reacciones

Comparte esta noticia

Conversación

– comentarios

Únete a la conversación

Inicia sesión con tu cuenta de Punto Digital para comentar y responder.

¿Tienes algo que contar?

Comparte noticias de tu comunidad, cumpleaños y celebraciones.

Comparte tu noticia